La pérdida del imperio europeo

09 / 04 / 2013 11:20 Luis Reyes
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Utrecht, 11 de abril de 1713 · Se firma el primero de los tratados de paz que pondrán fin a la Guerra de Sucesión española.

La boda de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, no solo trajo en dote la unidad de España como la conocemos ahora, también supuso la aparición de un imperio europeo gobernado desde Madrid, de una extensión y variedad, desde el mar del Norte al Mediterráneo, sin igual en Europa occidental.

La Corona de Aragón se había ido convirtiendo en una potencia marítima desde tiempos de Alfonso el Magnánimo, quien ocupó a la vez los tronos de Aragón y Nápoles, y además de la Italia meridional poseía las islas de Sicilia y Cerdeña, por no hablar de su dominante influencia en toda la península itálica.

Por otra parte las bodas castellanas de los hijos de los Reyes Católicos, Juan (muerto enseguida sin descendencia) y Juana (que heredaría el trono), con los hijos del emperador Maximiliano, Margarita y Felipe, supuso la unión dinástica de la Casa de Trastámara con la Casa de Austria, que aportó a la corona española los Estados de Borgoña: Bélgica, Holanda, Luxemburgo y buena parte del este y el nordeste de Francia.

Todo ese imperio, los dominios españoles de Italia y los Países Bajos, sería sacrificado en aras de una paz que cerrase once años de la Guerra de Sucesión española, la paz de Utrecht, de la que ahora se cumple el tercer centenario.

Sucesión de Carlos II.

El último de los Austrias madrileños, Carlos II, murió sin descendencia en noviembre de 1700 y nombró heredero en su testamento a un sobrino francés, Felipe de Borbón, cuyos derechos procedían de ser nieto de la infanta María Teresa de Austria, la hija de Felipe IV casada con Luis XIV de Francia. El monarca que encabezaría una nueva dinastía fue bien recibido en España cuando cruzó la frontera franco-española por Vera del Bidasoa a primeros de 1701, se instaló triunfalmente en Madrid y fue reconocido por todas las potencias europeas excepto Austria, que había sostenido a un candidato propio al trono español, el archiduque Carlos, hijo del emperador Leopoldo I.

Todo fue bien al principio, pero Inglaterra, potencia ascendente, temía que la unión dinástica entre los Borbones de España y Francia diera un poder irresistible a Luis XIV, y su diplomacia trabajó para formar una coalición antifrancesa, la II Gran Alianza: Inglaterra, Holanda, Dinamarca y Austria. Para lograr el apoyo austriaco Londres ofreció  reconocer al archiduque Carlos como rey de España, lo que convertiría la pugna anglo-francesa en un conflicto interno español. La Alianza le declaró la guerra a Francia en mayo de 1702 y España entró en el conflicto del lado francés. Había comenzado la Guerra de Sucesión española.

Sería imposible resumir aquí una guerra tan larga y compleja, una auténtica guerra mundial librada por toda Europa e incluso en las Indias, en la que lucharon casi todos los estados del momento, pues a los ya citados habría que agregar Portugal, Saboya, Baviera, Hannover o Prusia, y que en España se convirtió en una guerra civil, ya que el archiduque Carlos encontró apoyos en los reinos de la Corona de Aragón (Aragón, Cataluña y Valencia), ocupando dos veces Madrid y llegando a proclamarse rey Carlos III de España.

La suerte de la guerra fue cambiante; con tantos participantes y tan variados teatros, a veces se ganaba por un frente mientras se perdía por otro. Por contundentes que fueran algunas victorias de ambos bandos en las batallas de Almansa, Blenheim o Denain, estaba claro que no podía haber una solución militar. Los contendientes se iban desgastando inexorablemente y llegó un momento en que, agotados por la lucha, decidieron pactar una salida.

París y Londres llevarían la voz cantante en Utrecht, pues aunque fuesen España y Austria los países directamente implicados en el conflicto sucesorio, Francia e Inglaterra eran las potencias dominantes de cada bando. Una circunstancia política propició el acuerdo: la muerte del emperador José I, hermano del archiduque Carlos, convirtió a este inesperadamente en emperador. Londres consideró que la unión en una sola persona de las coronas española y alemana era tan mala para sus intereses como el eje borbónico hispano-francés. No tenía sentido por tanto seguir la guerra, y como Francia estaba agotada, las dos potencias se entendieron secretamente.

En febrero de 1712 comenzaron las conversaciones formales franco-británicas en la ciudad holandesa de Utrecht, tomando parte también la anfitriona Holanda y Saboya. España no se incorporaría hasta que no se llegara a un principio de acuerdo entre París y Londres que implicase el reconocimiento inglés de Felipe V, pues hasta ese momento Inglaterra no admitía más representante de España que el archiduque Carlos. Austria, sintiéndose traicionada por sus aliadas, ni siquiera participó en el tratado de Utrecht.

En julio de 1712 se dio el importante paso de una suspensión de las armas entre Francia e Inglaterra, es decir, una tregua bélica entre las dos principales potencias. Y el 11 de abril de 1713 ambas firmaron por fin el tratado de paz entre ellas, primer paso imprescindible para una cadena de tratados entre los otros contendientes que se irían sucediendo hasta el verano. Aparte de una serie de concesiones territoriales y comerciales a Inglaterra, el meollo del tratado consistía en la aceptación de Felipe V como rey de España a cambio de que las dos ramas borbónicas renunciasen formalmente a unir las coronas española y francesa en una sola cabeza. Felipe V tuvo que formalizar esta renuncia al trono francés ante las Cortes españolas el 9 de noviembre de 1712.

Paz costosa.

El 13 de julio de 1713 se firmó la paz solemne entre España e Inglaterra. Previamente se habían firmado una serie de tratados entre los otros contendientes, y todavía faltaba acordar la paz con Austria, lo que no se lograría en Utrecht, sino en los tratados de Rastadt y Baden de 1714, pero en conjunto el mapa de Europa sufrió un cambio sin parangón hasta el final de la Primera Guerra Mundial.

Felipe V lograba salvar la América española, pero perdía todas las posesiones en Europa e incluso unos pellizcos de España, pues aceptaba la presencia inglesa en Menorca y Gibraltar. Los Países Bajos españoles –esencialmente Bélgica y Luxemburgo– pasaron a ser Países Bajos austriacos, para compensar al archiduque, en ese momento ya emperador Carlos VI. En realidad Felipe V se los había cedido anteriormente, sobre el papel, a Baviera, la única aliada de Francia y España.

El austriaco también se llevaba Nápoles, Milán y Cerdeña, mientras que el duque de Saboya salía de la contienda convertido en rey, pues recibió la pequeña corona de Sicilia (posteriormente cambiada por la aún más pequeña de Cerdeña).

No fue la única testa coronada en Utrecht. El elector de Brandemburgo, que se había autoproclamado rey de Prusia, veía reconocida su condición real. La princesa de los Ursinos, gran intriganta que había sido el principal agente de Luis XIV en España, recibiría un ducado, Luxemburgo o Limburgo, pero igual que se lo dieron se lo quitaron en el tratado de Rastadt. Holanda obtuvo un cinturón de seguridad territorial; Portugal no sacó prácticamente nada, salvo quedarse como estaba en Brasil –es decir, con su comercio en manos de los ingleses– y Cataluña lo perdió todo. El artículo 13 del tratado hispano-británico de Utrecht decía que “por respeto a la reina de Inglaterra” el rey de España concedía amnistía a los catalanes y les otorgaba los privilegios de que gozaban los castellanos. Barcelona sin embargo mantuvo la bandera del pretendiente austriaco y hubo de ser conquistada manu militari por Felipe V, que abolió los fueros (ver Historias de la Historia “Vísperas Catalanas II” en el número 1.576 de Tiempo).

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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