Fiestas sagradas, excesos carnales
Europa en la era cristiana · Las comilonas de origen judío y pagano impregnan las fiestas religiosas.
Que el pueblo no aproveche las fiestas de los santos para el exceso y la embriaguez”, decían traducidos al lenguaje vulgar los decretos del Concilio de Trento (siglo XVI). De poco sirvió la preocupación de la Iglesia a la vista de nuestras celebraciones navideñas, desde las comidas de empresa a las macrofiestas de Nochevieja. El cristianismo siempre ha vivido en esa contradicción: predica la contención, la modestia, la castidad, incluso la pobreza y el sacrificio físico, los ayunos y los autocastigos. Sin embargo las celebraciones religiosas cristianas son ocasión de excesos en los placeres carnales, el gasto, el lujo, el comer, el beber y su acompañante habitual, el sexo.
Incluso en los países donde arraigó la Reforma protestante, que era entre otras cosas una reacción frente a la depravación de costumbres que se daba en la Iglesia católica, pese al puritanismo, la austeridad y el culto al trabajo que se impusieron, se rompían los buenos hábitos cuando llegaban las festividades religiosas, en las que “todas las tabernas están llenas de borrachos pavoneándose, sin hacer nada”, según se quejaba el moralista Petrus Bloccius, profesor en la Universidad de Leiden (Holanda) en 1567.
Esta tendencia se halla en realidad en los propios orígenes del cristianismo. La religión de Cristo era en principio una secta del judaísmo, y cuando se extendió por el Imperio romano, la Iglesia absorbió rasgos paganos, un proceso de asimilación que facilitó el triunfo generalizado del cristianismo, pero que lo contaminó de paganismo.
Ahora bien, entre los judíos la principal fiesta religiosa era la Pascua, que conmemoraba la salida de los israelitas de Egipto con una comida extraordinaria en la que en cada mesa había un cordero, un lujo para la época. Precisamente el relato evangélico alcanza su clímax en esa comida de Pascua de Jesús con sus discípulos, la Última Cena, prólogo de la Pasión y en la que Cristo instauró la eucaristía. Que por cierto es un banquete místico, pues consiste en consumir la carne y la sangre de Dios en forma de pan y vino.
Festines evangélicos.
La Última Cena se convirtió en uno de los grandes motivos de la pintura religiosa, origen de algunas de las obras maestras más famosas, como el Cenacolo de Leonardo. Las cenas estaban destinadas a los refectorios de los conventos, y los primeros pintores del Renacimiento representaban una mesa bastante sobria, pero poco a poco fue enriqueciéndose, hasta alcanzar el carácter de auténticos banquetes cortesanos en los cuadros de Veronese, en la segunda mitad del XVI. La gigantesca Última Cena que Veronese hizo para los dominicos de San Zanipolo de Venecia provocó incluso que la Inquisición tomara cartas en el asunto. Aquello, más que un episodio evangélico, parecía un lujurioso festín en el que sobre todo se veía trasegar vino, una fiesta orgiástica llena de bufones, negritos esclavos, animales exóticos y carísimas vestiduras. Tras una inteligente defensa de Veronese ante el tribunal del Santo Oficio, la cosa se arregló cambiándole el título al cuadro, que pasó de ser La Última Cena, a La cena (con minúscula) en casa de Leví.
El Evangelio de San Lucas facilitó esta salida para que los dominicos pudiesen disfrutar de la sensual pintura en su comedor, porque lo cierto es que los relatos evangélicos están lleno de comilonas. El episodio de la invitación a Cristo a casa de Leví, donde se celebró “un gran convite”, dio motivos a los fariseos para atacar a Jesús y sus discípulos. “¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores [eufemismo para corruptos y prostitutas]. Los discípulos de Juan [el Bautista] ayunan con frecuencia y rezan, igual que los fariseos, pero tus discípulos comen y beben”, acusaban los fariseos.
La primera manifestación de la vida pública de Jesús, su primer milagro, fue precisamente en el banquete de las bodas de Caná, donde se había bebido tanto que se acabó el vino. Según cuenta el Evangelio de San Juan, para que la fiesta no desmereciese y a instancias de su madre la Virgen, Jesús convirtió en vino “de buena calidad” unos 600 litros de agua. No invitaba precisamente a la sobriedad alcohólica el pasaje evangélico, y otra vez Veronese pintó la escena –para el refectorio benedictino de San Giorgio Maggiore- como un lujosísimo festejo, incluso con música en directo, y al que asistían las celebridades de la época: el emperador Carlos V, el rey de Francia, la reina de Inglaterra, el sultán de Turquía... En esa época, por cierto, la Iglesia prohibió en Alemania las fiestas y comilonas que se acostumbraban a hacer en las bodas, pues eran tan fastuosas y desmedidas que provocaban la ruina de las familias. Otra batalla que, a la vista de las celebraciones actuales, ha perdido también la Iglesia.
El milagro más espectacular de Jesucristo estaba relacionado con la comida, la multiplicación de los panes y los peces, y el Mesías estaba continuamente yendo a casas de distintos discípulos que le agasajaban con convites. Precisamente en uno de estos, el que tiene lugar en casa del fariseo Simón, aparece una prostituta –una presencia que parece normal en los banquetes evangélicos- en lo que se supone que es su primer encuentro con la Magdalena. La pecadora cubre los pies de Jesús de lágrimas y besos, los seca con sus cabellos y los unta con una crema perfumada, en una escena casi erótica, según la cuenta San Lucas.
El cristianismo se extendió enseguida por el Imperio romano, hasta llegar a convertirse en la religión oficial. En ese proceso se desvinculó del judaísmo, se hizo una religión cosmopolita y adoptó ciertos rasgos del paganismo, para hacer más fácil la asimilación. El culto a los santos, por ejemplo, puede considerarse una pervivencia del politeísmo griego y romano. Uno de los recursos de la Iglesia para sustituir la antigua religión fue cristianizar las fiestas paganas que se celebraban en el orbe romano, fuesen de origen griego, egipcio o persa.
Influencia pagana.
La Navidad, que junto a la Semana Santa –de origen judío- es la gran fiesta cristiana, se fijó arbitrariamente en el solsticio de invierno, suplantando la fiesta de las Saturnales romanas, llenas de bullicio, borracheras, banquetes, árboles adornados e intercambio de regalos, y la mucho más mística fiesta del nacimiento de Mitra (25 de diciembre), de origen persa pero adoptada en Roma como día del Nacimiento del Sol Invicto (véase La invención de la Navidad, en Historias de la Historia, 19-12-2005).
Las Lupercales, desmadres orgiásticos típicamente romanos, que se celebraban el 14 de febrero para reclamar a los dioses la fertilidad de las mujeres de Roma, fueron sustituidas por el Papa Gelasio I por San Valentín, “el día de los enamorados”. Y las bacanales, las fiestas en honor a Baco, dios del vino, cuyo nombre es suficientemente expresivo, se convirtieron en nuestros carnavales, días de transgresión consentida antes de la Cuaresma, la época de ayuno y penitencia que precede a la Semana Santa.
A la herencia de otras religiones, el cristianismo añadiría sus propias fiestas en las que se producían excesos en el comer y el beber. Una de ellas de estilo carnavalesco, surgida en Francia al final de la Edad Media, era la del Vino de San Martín, de la que trata la magnífica pintura de la que hablamos en el recuadro.


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