El hombre que mordió la manzana

08 / 07 / 2014 Luis Reyes
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Wilmslow, Cheshire, 7 de junio de 1954 · Alan Turing, el genio matemático padre de la computación, condenado por gay, se suicida con una manzana envenenada.

La manzana es la fruta más significativa de nuestra cultura. Es el fruto prohibido que encierra la sabiduría, que el Demonio ofreció a Eva para que cometiese el Pecado Original. Es el que Éride, diosa de la discordia, arrojó ante Afrodita, Hera y Atenea diciendo “para la más bella”, lo que provocó la Guerra de Troya. Y manzanas de oro daba el árbol del Jardín de las Hespérides que Hércules vino a buscar a España, convirtiéndose así en progenitor de la monarquía hispánica.

Dejando el campo de las mitologías, sería una manzana lo que inspiró a Newton la Ley de la Gravitación Universal. Apple Records (discos de la manzana) fue la discográfica de los Beatles que en los años 60 revolucionaron la música, y la Gran Manzana es el símbolo de Nueva York, capital de nuestra civilización. Pero actualmente no hay manzana más conocida que la de Apple, el gigante informático fundado por Steve Jobs, cuyo omnipresente logo, la manzana mordida, es un homenaje a Alan Turing, creador de la ciencia de la computación. Un homenaje y una reivindicación de la imagen de un genio al que la sociedad empujó al suicidio, mordiendo una manzana envenenada.

Alan Turing no había cumplido los 42 años cuando inyectó cianuro en una manzana, se echó en su cama y mordió el fruto letal. Dicen sus biógrafos que le fascinaba una escena de Blancanieves y los siete enanitos, la primera película de dibujos animados de Disney, cuando la malvada reina emponzoñaba una manzana para matar a Blancanieves, y que decidió recrear esa escena para despedirse de la vida.

Todavía no había recibido la cascada de reconocimientos mediáticos que llegarían mucho después pero en los círculos académicos era ya considerado un genio matemático, el primer hombre que diseñó un computador automático, pionero de la computación, la cibernética, la biología matemática y la inteligencia artificial, creador entre otras cosas de la primera máquina capaz de jugar al ajedrez.

Aunque estaba prohibido hablar de su trabajo durante la Segunda Guerra Mundial pues se hallaba bajo la Ley de Secretos Oficiales, se conocía que su contribución a descifrar los códigos secretos alemanes de la máquina Enigma (ver “Una máquina llamada Enigma”, en Historias de la Historia, en el número 1.651 de Tiempo) había sido fundamentalísima, y de hecho recibió por ello la Orden del Imperio Británico, lo que le convertía en héroe de guerra. ¿Qué iba mal entonces en la vida de Alan Turing? La reciente pérdida de la salud y la buena fama, la una consecuencia de la otra, porque en 1952 Turing había sido procesado y condenado por el delito de “práctica de gran indecencia entre hombres”, es decir, por homosexualidad.

Un colegio inglés.

La homofilia de Alan Turing comenzó de adolescente en el internado, una institución que favoreció la proliferación de gais entre las clases dirigentes británicas, que consideraban obligatorio enviar a sus hijos a severos colegios privados de élite. Turing, hijo de un alto funcionario de la Corona en la India –donde había nacido– ingresó a los 13 años en Sherborne School, histórico centro en donde estudió el rey Alfredo el Grande. El primer día de curso se produjo una huelga general en Inglaterra, y el joven Alan recorrió 97 kilómetros en bicicleta desde su casa al colegio, ganando notoriedad desde ese momento, aunque ya sus maestros de primaria habían señalado su tremenda inteligencia y su talento para las matemáticas. Parece que había aprendido a leer él solo, y sus juegos favoritos eran los rompecabezas y las operaciones aritméticas.

En Sherborne, sin embargo, chocó con una ortodoxia educativa tan añeja como el colegio, que se decía fundado por San Aldhelmo en el siglo VIII. Los rectores de Sherborne solo le prestaban atención a las humanidades y despreciaban la ciencia. “Si solamente va a ser un especialista científico, está perdiendo el tiempo aquí”, le escribieron a su padre, disgustados por la inclinación a las matemáticas y la física de Alan. Si los cerriles profesores amargaban la vida de Alan en el colegio, encontró compensación en Christopher Morcom, un colegial mayor que él. Morcom no solo le dio el afecto de su primer amor, estaba también superdotado para las matemáticas y ayudó a Turing a que afinase y disciplinase su talento. La repentina muerte de Morcom por beber leche de una vaca enferma no solo causó la desolación de Turing, que tenía 16 años en ese momento, sino que le hizo perder la fe religiosa, lo que le llevaría a indagar en los fundamentos materiales del funcionamiento del cerebro humano, primer paso hacia el estudio de la inteligencia artificial.

Aunque su deficiencia en lenguas clásicas le hizo tener problemas para ingresar en Cambridge, finalmente lo hizo y se licenció con brillantes notas en Matemáticas, convirtiéndose en profesor del King’s College con 22 años. Enseguida Turing fue conocido en los círculos académicos internacionales por sus brillantes descubrimientos, siendo notorio su enfrentamiento con Wittgenstein sobre las bases de las matemáticas. Su prestigio académico, que ya lo había llevado a la universidad americana de Princeton, hizo que al estallar la Segunda Guerra Mundial fuese fichado para Bletchey Park, el centro del servicio secreto desde donde se luchaba por descifrar los códigos alemanes. La contribución de Turing fue vital para desentrañar los secretos de la máquina Enigma, diseñando la Bombe y sentando las bases de Colossus, la primera computadora digital electrónica programable que existió.

Tras la guerra, Turing continuó sus investigaciones abriendo camino en disciplinas como las matemáticas biológicas y la inteligencia artificial. Sin embargo en 1952 todo se vino abajo. Turing había recogido a un chico desempleado de 19 años en la víspera de Navidad y lo había instalado en su casa, pero un amigo del muchacho entró a robar. Turing acudió con toda naturalidad a la policía, pero en cuanto los agentes olieron que allí había una relación homosexual convirtieron a Turing de víctima de un delito en delincuente.

Persecución.

La homosexualidad era delito en Inglaterra desde 1885, pero a principios de los 50 se desató desde el Ministerio del Interior una oleada represiva sin precedentes, condenándose cada año a más de 5.000 personas por “indecencia”. Se ha comparado esta campaña homófoba con la caza de brujas del senador MacCarthy, que en esa época perseguía a los simpatizantes del comunismo en Norteamérica, porque existía la creencia de que los soviéticos reclutaban sus espías en Inglaterra entre los gais. Lo cierto es que acababa de producirse la huida a la Unión Soviética de dos miembros del Círculo de Cambridge, la famosa red de espías comunistas, Burgess y MacLean, ambos gais. Como Turing seguía formando parte del servicio gubernamental de encriptación, la policía pensó que había pescado otro agente doble.

No era cierto, estaba claro que Turing no espiaba para la URSS, pero fue juzgado y condenado a prisión, aunque en vista de sus servicios a la patria se le ofreció eludir la cárcel si aceptaba la castración química. Turing escogió lo que le pareció el mal menor, y durante un año soportó un brutal tratamiento de inyecciones de stilboestrol, un estrógeno sintético que le provocó impotencia, obesidad y ginecomastia (crecimiento de los pechos).

Aparte de estos trastornos, Alan Turing tuvo que soportar que lo expulsaran del servicio de encriptación, pese a que nadie había hecho más que él por Inglaterra en este campo, o que Estados Unidos le negara el permiso de entrada. También le martirizaba ver que los prejuicios contra la homosexualidad perjudicaban su crédito científico en la búsqueda de inteligencia artificial.

El desencanto que lo llevó a morder la manzana lo expresó en una carta a su amigo el famoso matemático Norman Routledge, en forma de un falso silogismo: “Turing cree que las máquinas piensan. Turing yace con hombres. Luego las máquinas no piensan”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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