El hombre de las dos batallas

26 / 10 / 2017 Luis Reyes
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Trafalgar, 21 de octubre de 1805. Miguel de Álava combate a los ingleses en la más importante batalla naval de la época. Diez años después luchará en Waterloo junto a Wellington.

Retrato del general Álava que se exhibe en la galería de camaradas de Wellington, en la mansión ducal de Aspley House

Cómo estás Álava? Bonaparte se va a enterar de cómo defiende su posición un general de cipayos”. En este tono cómplice recibió Wellington al general español en el campo de batalla de Waterloo. Era por la mañana y todavía no había empezado el combate cuando Ricardo Miguel de Álava encontró a Wellington bajo un árbol, observando al enemigo con su catalejo. Dos noches antes habían departido alegremente en el baile que la duquesa de Richmond dio en Bruselas, donde Álava estaba como embajador de España. La fiesta se interrumpió de madrugada al saberse que Napoleón había invadido Bélgica, y Wellington y sus oficiales fueron directamente del baile al combate preliminar de Waterloo, en Quatre Bras.

Álava no formaba parte del Ejército aliado y se quedó en Bruselas, pero no pudo aguantar. Había sido cuatro años un estrecho camarada de armas de Wellington en la Península y se había forjado entre ellos una amistad, de modo que el día de Waterloo cabalgó hasta el lugar donde había establecido su posición defensiva “el general de cipayos”, como Napoleón llamaba despectivamente a Wellington, que había empezado su carrera en la India. Álava se mantuvo pegado a Wellington durante diez horas de batalla como si fuesen siameses, y ellos dos fueron los únicos indemnes del estado mayor aliado. Todo el entorno de Wellington, resultó muerto o herido y el español terminó ejerciendo de jefe de estado mayor.

Al acabar aquel apocalipsis Wellington se retiró con Álava a su cuartel general y se sentaron a cenar. Habían puesto la mesa habitual para el numeroso staff de Wellington, pero solo estaban ellos dos y un único superviviente de los ocho ayudantes del duque. Se animaron a brindar “a la memoria de la Guerra Peninsular” (nombre inglés de la Guerra de la Independencia), pero Wellington cayó en su famosa depresión, de la que el español fue uno de los pocos testigos. “El duque no pudo contener sus lágrimas ante la muerte de tantos hombres valientes y honorables, y la pérdida de tantos amigos y compañeros del alma”, le escribió Álava al secretario de Estado de España. Por su actuación en Waterloo Álava recibió la Orden del Baño de Inglaterra, la Orden de Guillermo de los Países Bajos, y Fernando VII le otorgó una Encomienda de la Orden de Santiago, aunque luego lo condenaría a muerte.

Miguel Ricardo de Álava es un arquetipo del militar liberal español del XIX, siempre implicado en política por la causa del progreso. Nació en familia ilustrada de la nobleza alavesa y se educó en el Seminario Patriótico de Bergara, el colegio de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, la institución señera de la Ilustración española. En 1785, con 13 años, ingresó en el Ejército como cadete. Siguió estudiando y cinco años después pasó a la Armada, cuyos oficiales debían tener formación científica. Como oficial de marina participó en numerosas acciones de guerra, pero también en expediciones científicas, una misión típica de la Armada española de la Ilustración.

Militar liberal

Su carrera naval tuvo un trágico final, la batalla de Trafalgar, donde combatió en el buque insignia, el Príncipe de Asturias. Tras el desastre de Trafalgar se retiró y se fue a su tierra, donde mantuvo la actividad cívica de un noble ilustrado, recibiendo la Orden de Carlos III por la aportación familiar a la construcción del camino de Burgos a Vitoria.

Cuando Carlos IV abdicó en José Bonaparte las Juntas Generales de Álava le nombraron delegado ante las nuevas autoridades, y representó corporativamente a la Armada en la junta que aprobó el Estatuto de Bayona, la primera Constitución que tuvo España. Como muchos liberales españoles, consideraba que Bonaparte traía los logros de la Revolución Francesa y la liquidación del absolutismo. Algunos permanecieron siempre fieles a esta opción y se les llamaría afrancesados. Miguel de Álava, en cambio, vio pronto que el progreso por imposición francesa era inviable, y se pasó al bando patriótico. Reingresó en el Ejército y combatió en varias batallas a las órdenes de Castaños, el héroe de Bailén, hasta que en 1810 la Junta de Cádiz, donde se mantenía atrincherada la soberanía nacional, le envió a Portugal a pedir ayuda al comandante del Ejército inglés, un tal lord Wellington.

Wellington fue famoso por su severidad y flema, pero misteriosamente congenió con el español y se hicieron amigos, además de camaradas de armas, pues Wellington incorporó a Álava a su mando. Juntos lucharon en muchas acciones, y en Ciudad Rodrigo Álava dirigió el asedio. A instancias de Wellington España ascendió a Álava a general de división e Inglaterra le otorgó la Cruz Peninsular, con numerosos pasadores que acreditaban haber tenido mando en el Ejército inglés en diez batallas. A la liberación de Madrid en 1813 el general Álava fue jefe de Gobierno de facto y proclamó la Constitución de 1812.

Fernando VII tomó nota, y cuando reimplantó el absolutismo en 1814 lo encarceló, aunque curiosamente fue ascendido a teniente general estando en prisión. Por presiones de Wellington lo puso en libertad y lo nombró embajador en Francia y los Países Bajos, donde le sorprendió la gran ocasión de Waterloo que hemos relatado al principio. Al ocupar los aliados París, Álava asaltó el Louvre y recuperó muchos cuadros robados por los franceses; también obtuvo indemnizaciones de guerra para España.

Alegando razones de salud se retiró a Vitoria, pero cuando Riego derribó al absolutismo se curó milagrosamente y fue, durante el Trienio Liberal, presidente de las Cortes y jefe de la Milicia Nacional. Luchó contra la invasión francesa de los 100.000 Hijos de San Luis que devolvió el poder a Fernando VII, y este no se lo perdonó, condenándolo a muerte. Logró escapar por Gibraltar y se fue al exilio a Inglaterra, bajo la protección de Wellington y de Jorge IV.

Perseguido en su país, Miguel de Álava era en cambio respetado en toda Europa. El rey Guillermo II de Holanda, que había sido compañero de armas en la Península, le trataba con familiaridad, y era también amigo de confianza de la reina María Amelia de Francia. Por eso, tras la muerte de Fernando VII en 1833, el Gobierno español cambió su exilio por el nombramiento de embajador en Londres, e incluso fue presidente del Gobierno por un breve periodo.

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