Habrá un día en que todos, al levantar la vista...

01 / 10 / 2010 0:00 Incitatus
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El fallecimiento de José Antonio Labordeta, diputado poco común, provoca una conmoción no sólo en las calles, sino también en Internet.

Aquella mañana de diciembre de hace seis años, a Labordeta parecía que le había cruzado un vendaval por la cara. “Hay que joderse”, repetía, “es que hay que joderse”, una y otra vez, a media voz, como para sí mismo, sin mirar en realidad a nadie, ni a los periodistas, ni a los diputados, ni a los ujieres del Congreso, como si aquella letanía del “hay que joderse” en que se había encasquillado fuese lo único que le llegaba a la boca desde un cerebro aturdido, como si acabase de sobrevivir a un accidente de tráfico.

Era más o menos así. Por la sala en que se reunía la comisión parlamentaria que investigaba la masacre del 11 de marzo de 2004 acababa de pasar Pilar Manjón, una mujer a la que casi nadie conocía hasta ese momento y que presidía la Asociación 11-M de Afectados del Terrorismo. Las lágrimas de Pilar, que había perdido a su hijo Daniel en uno de los trenes; las lágrimas y la inmensa dignidad de aquella mujer, que había hecho sudar de vergüenza a los diputados de la comisión cuando les preguntó, entre sollozos, de qué se reían cuando se tiraban a la cabeza unos a otros los doscientos muertos de los atentados, habían conmocionado a todos, pero a Labordeta lo habían hecho polvo. Y se agarraba a la repetición de aquel exabrupto sin sentido (“es que hay que joerse”) porque qué otra cosa podía decir en aquel momento.

Esa era la diferencia. Los demás diputados tenían sus conchas bien puestas, algunos más que un galápago, y habían entrado sin mayores dificultades en aquel juego desvergonzado que teledirigían algunos periódicos: si las bombas las habían puesto los islamistas, el Gobierno de Aznar había mentido; si las había puesto ETA, Zapatero era punto menos que un golpista, se llegaba a leer por ahí, y eso no era lo más atroz que se publicó entonces. Esa les parecía a todos la cuestión esencial; los muertos y sus familias pasaban a un segundo plano, a la condición de causa o pretexto necesario para una batalla política en la que lo importante no era tener razón o hallar la verdad, sino vencer.

Labordeta, no. Labordeta no tenía conchas de galápago, no estaba curtido en los navajeos partidistas ni obedecía a más estrategias que la suya propia. Labordeta no era un político como los demás: era un paisano con boina que parecía haberse colado en el Congreso como por equivocación, y por eso los otros lo miraban raro. Unos con mal disimulado desprecio y otros con simpatía, pero todos con curiosidad, como se mira a los pingüinos. La época de los parlamentarios llamativos -Alberti, Cela, Pasionaria, Xirinacs, algunos más- había terminado con la Transición, y Labordeta, que lo único que tenía de diputado comilfó eran sus bigotes vagamente castelarinos, parecía un anacronismo entre tanta señoría; un fenómeno singular de la democracia, que algunas veces produce diputados sin corbata. Él lo dijo mejor que nadie: un beduino.

Más información en la revista Tiempo

Me pregunto cuánta gente irá, cuando llegue el día, al entierro de todos y cada uno de los señores diputados de la comisión del 11-M, y al de la inmensa mayoría de los diputados y senadores de las últimas legislaturas. Ojalá sean muchas personas, cómo no, pero me resulta muy difícil imaginar que pasen más de 36.000 personas por la capilla ardiente, que son las que han ido a despedir al beduino.

El canto de la gente

Más de 36.000 personas (hay que joerse, habría dicho él) que no se han limitado a pasar ante el sencillo féretro de madera clara cubierto con la bandera de Aragón. Han dejado flores y versos, han cantado en la calle, han tocado gaitas y guitarras y txistus y todo lo imaginable; han repetido hasta la extenuación la melodía de aquella vieja canción de la que casi nadie se sabe más que la primera estrofa, pero que hace ya décadas que se convirtió en uno de los himnos consustanciales a la democracia española: “Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”.

Como vino a decir Manuel Machado (“Haz, poeta, que tus versos /vayan al pueblo a parar, /que lo que pierden de nombre /lo ganan de eternidad”), una canción se libra de la erosión del tiempo cuando la gente la canta en las bodas.Pasa con el Ave María de Schubert y con el Imagine de John Lennon. Miren ustedes en Youtube, por ejemplo. Las visitas a las numerosas versiones de ese Canto a la libertad suman, ahora mismo, millones.

Cientos de miles de internautas de todo el mundo han pasado, están pasando en este instante, por la grabación de aquel célebre momento en el que Labordeta, airado en la tribuna del Congreso, mandó “a la mierda” a cierto número de diputados que se dedicaban a berrear, a no dejarle hablar y a insultarle, que es... no sé si lo único, pero desde luego sí lo que mejor saben hacer; diputados que no ejercen la democracia, sino que la utilizan. Y la desacreditan.

También miles y miles de personas han visto, o han vuelto a ver, el vídeo en que los diputados del Congreso, con Zapatero a la cabeza (“tengo debilidad por usted”, le dijo), aplaudieron a Labordeta en su última sesión parlamentaria. No estoy nada seguro de que a los miembros del sector berreante de la actual oposición les pase lo mismo cuando el presidente de su partido les saque de las listas electorales.

Las redes sociales, como Facebook y sobre todo Twitter, han convertido el fallecimiento de José Antonio Labordeta Subías en un fenómeno de dimensiones colosales que alcanza todos los continentes del planeta salvo la Antártida, y de esto último no estoy del todo seguro. Lo que se ha visto en el palacio de la Aljafería y en las calles de Zaragoza no se había registrado en este país desde las muertes de Tierno Galván, Pasionaria y Lola Flores.

Yo creo que habría que preguntarse por qué. La respuesta es larga, complicada y tiene que ver con las raíces que va echando el cariño que uno deja sembrado por ahí, con la honestidad, desde luego con la música y hay quien dirá que hasta con el agua del Ebro (una de las obsesiones del beduino), pero el efecto ha sido inmediato. Los políticos de todos los partidos, y cuando digo todos ya saben ustedes en quiénes estoy pensando, no han dudado un solo segundo en improvisar cara de valgamediós y se han puesto a repetir lo bueno que era, lo simpático, lo honesto, lo noble y la famosa irreparable pérdida. Dan ganas de cabrearse, pero mejor no: él habría dicho, socarrón, lo de “hay que joerse”. Y así está mucho mejor.

Ha muerto un hombre de bien. Se podría estar de acuerdo con él o no, pero era un hombre de bien. Y su muerte es un acontecimiento preocupante porque, en la política y en la vida pública española, hombres de bien, lo que se dice hombres de bien, van quedando ya pocos. Cada vez menos.

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