Grecia se queda sin sus tesoros

06 / 07 / 2012 11:03 Javier Memba
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Los recortes están acabando con uno de los más valiosos patrimonios culturales del mundo. Si se despide a los vigilantes, llevarse los tesoros es fácil. Y muy lucrativo.

El Museo Olimpia.
El Museo Olimpia. Menelaos Myrillas/ AFP

Cuando el pasado 17 de marzo dos individuos, armados con un kalashnikov, irrumpieron en el Museo Arqueológico de Olimpia solo encontraron a una guarda para oponerles resistencia. Tras maniatarla y amordazarla sin mayor problema, se llevaron de sus vitrinas un total de 70 piezas entre estatuillas de bronce, cerámicas y un anillo de oro pertenecientes a las colecciones de las olimpiadas de la antigüedad y a los periodos Clásico, Helénico y Bizantino.

El Gobierno griego se apresuró a decir que tal falta de vigilancia en una de la principales salas de exhibición del patrimonio cultural del país fue debida a la fatalidad –un segundo guarda llegó con retraso al trabajo aquella mañana y el tercero tuvo que acudir al hospital–, que no al memorándum, que es como llaman en Grecia a los recortes impuestos por Bruselas. Pero lo cierto es que unas semanas atrás, el 9 de enero, fueron sustraídos de la Galería Nacional de Atenas un mondrian y un picasso. Las asociaciones de amigos del centro venían denunciando el abandono del Museo de Olimpia desde que comenzaron las estrecheces. Fue entonces cuando se decidió reducir el presupuesto destinado a la seguridad de los museos en un 20% y el personal encargado de velar por ella, a la mitad.

Desbordado por la situación, el ministro de Cultura, Pavlos Geroulanos, presentó su dimisión tras el asalto de Olimpia ante la falta de medios para llevar a cabo su mandato. Los 7.000 funcionarios que el Ministerio emplea entre arqueólogos, historiadores, restauradores, vigilantes y demás especialistas en el cuidado y mantenimiento del patrimonio nacional, han de repartirse entre 210 museos arqueológicos, 250 yacimientos y 19.000 lugares y monumentos históricos. La elocuencia de las cifras es incontestable. Como también lo es respecto al montante total del presupuesto del Ministerio de Cultura griego, que este año se ha cifrado en 700 millones de euros. Los funcionarios públicos han visto reducido su sueldo entre un 10% y un 40%.

Desmoronamiento del Estado.

En una primera instancia puede parecer lógico que un Estado al borde de la quiebra, con la seguridad social incapaz de correr con los gastos de la insulina de sus diabéticos y los comedores benéficos repletos, solo dedique a la cultura algo menos del 1% de sus presupuestos generales. Pero si se considera que la historia y el paisaje son las principales fuentes de ingresos de Grecia, la cosa cambia. “Tenemos la Acrópolis”, responden con sorna los griegos cuando los informadores extranjeros les preguntan sobre su situación, y los restos de los días pretéritos comienzan a ser lo único que les queda.

Los atracos a museos, kalashnikov en mano, no son frecuentes. Pero el expolio de los restos de la antigüedad clásica griega es una nefasta tradición que se remonta hasta la antigüedad clásica misma. “En la época romana, los soldados de Julio César, cuando rehacían la ciudad de Corinto, escarbaban muy cuidadosamente las tumbas porque sabían que en Italia había gente dispuesta a pagar grandes cantidades de dinero por los objetos encontrados en ellas. Sobre todo la cerámica. Y en China, ya en el tercer milenio antes de Cristo, había gente que coleccionaba cosas neolíticas de jade”, recuerda el arqueólogo español Jacobo Storch de Gracia. Huelga apuntar que estos saqueos se han disparado con las actuales circunstancias, bajo las que el Ministerio de Cultura carece de capacidad para cumplir sus funciones básicas.

Como estima otro arqueólogo, Daniel Casado Rigalt, “el descontrol de las autoridades, que son las encargadas de velar por la conservación del patrimonio, propicia esta rapiña”. “Es lo que recientemente también ha pasado en Egipto, está ocurriendo en Túnez y sucede en todos los países que están atravesando un periodo de caos o de desórdenes –prosigue Casado Rigalt–. En los días previos de [la guerra de] Irak, hubo varias casas de subastas europeas sobre las que recayeron sospechas de estar llevándose piezas del país y fueron investigadas por la policía”.

En este mismo aspecto insiste el periodista griego Nicolás Zirganos, un experto en expolios cuyas investigaciones permitieron recuperar una corona de oro de Macedonia que apareció en el Museo Paul Getty de Los Ángeles: “Los mecanismos del crimen organizado reaccionan más rápido que las autoridades cuando se desmorona un Estado con sus estructuras. Fue el caso de Afganistán y cuando la disolución de la Unión Soviética”.
Unos días antes del asalto al Museo de Olimpia, a primeros de marzo, la policía desarticulaba en Tesalónica una red de 44 personas dedicadas a la venta ilegal de restos arqueológicos. Dirigida por un aduanero jubilado de 65 años, entre los integrantes de la organización –que operaba en 13 provincias y tenía una página web para ofrecer las piezas robadas- se encontraban funcionarios de diversas administraciones locales y jubilados. Durante los registros llevados a cabo en sus domicilios particulares se les intervinieron 8.000 monedas acuñadas entre el siglo VI aC y la época bizantina, joyas, figurillas de cobre, puntas de flechas, diversas armas antiguas e iconos bizantinos. Era el fruto de sus saqueos en los distintos yacimientos que han quedado abandonados, sin arqueólogos para catalogar ni guardas para vigilar sus hallazgos, en las regiones de Macedonia y Tesalia.

A tenor de los viajes del antiguo aduanero, todo indica que vendían el producto de su rapiña a coleccionistas de Suiza, Bulgaria, Inglaterra y Alemania. Estas dos naciones precisamente fueron las grandes saqueadoras de Grecia en el XIX, el siglo de los grandes expolios: “Algunas expediciones de estos dos países comenzaron a excavar de forma reglada, con sus permisos y sus cosas. Pero, a cambio de descubrir el patrimonio griego, se llevaron piezas aprovechándose del vacío legal. Por eso los mármoles del Partenón se encuentran en el Museo Británico –recuerda Casado Rigalt– y ahora mismo están litigando por ellos dentro del marco legal de la UE”.

Como demuestra la red de Tesalónica, los mismos responsables de vigilar, conservar y catalogar el patrimonio nacional son quienes, en buena medida, lo están saqueando. Es sabido que justificaciones hay para todo. Desde luego, funcionarios corruptos no faltan. “Antes de los recortes, en 2009, el sueldo máximo de un arqueólogo del Ministerio era de 1.550 euros”, señala Storch de Gracia. Ahora mismo, uno de estos empleados, con siete años de antigüedad, ha pasado de esos 1.550 a 880 euros. “En los últimos meses, con los recortes retroactivos y el impuesto de solidaridad, teóricamente para ayudar a los parados, recibe solo 550 euros al mes. Y no hay inspecciones, no hay gente para vigilar las cosas. Los pocos guardas que quedan se han dedicado a los principales museos”.

El descuido y el abandono han llegado a ser tan grandes que en las obras públicas, que antes debían estar rigurosamente controladas por un arqueólogo en previsión de lo que pudieran deparar las excavaciones para los cimientos, “no hay inspección ninguna y están arrasando, están pasando por encima de los yacimientos arqueológicos que encuentran”, afirma Storch de Gracia. “Si aparecen restos, los que están trabajando saben que se venden y no se lo piensan. Les han rebajado el sueldo de tal forma que en un país que cuenta con 19.000 monumentos declarados y sin vigilancia, todo es eso: a la rebatiña. En épocas de crisis, esos saqueos, que nunca ha dejado de haber en Grecia, se disparan hasta ponernos a todos los pelos de punta”.

No hay remedio.

Aunque las asociaciones de arqueólogos, al igual que las de amigos de los museos, han denunciado la situación, salvo la Acrópolis y las salas más importantes –aunque el Museo de Olimpia es una de ellas y solo cuenta con tres guardas-, el patrimonio cultural griego está sin vigilancia. A excepción de las excavaciones dependientes de la Unión Europea o de patrocinadores particulares, la práctica totalidad de los yacimientos arqueológicos griegos están expuestos a la rapiña y a la intemperie. En cuanto a los yacimientos submarinos, no hay absolutamente nada. La policía costera que los custodiaba se ha ido. A los saqueadores les basta con tirarse al agua. Una población sometida en su 30% a unos límites de pobreza impensables hace apenas unos años, sabe que esos tesoros están al alcance de su mano y que en el extranjero siempre hay coleccionistas dispuestos a comprarlos.

Al decir de Zirganos, el departamento de policía encargado de impedir el tráfico ilegal de antigüedades “está comprometido con su tarea, pero es un chiste pensar que 40 personas puedan frenar  la oleada de redes internacionales que están operando”. Si se tiene en cuenta que el destino último son colecciones particulares o museos que sí pueden custodiar sus tesoros, no faltará quien piense que esas piezas de la Grecia clásica estarán mejor allí que en su país de origen. Storch de Gracia es categórico a este respecto: “Eso es una excusa banal a la que se puede dar la vuelta. El principal recurso económico de Grecia es el turismo cultural y si se ve privada de su patrimonio cultural, verá mermado su principal recurso”.

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