Escritoras, sin género de dudas

17 / 12 / 2010 0:00 JUAN SOTO IVARS cultura.tiempo@grupozeta.es
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Las mujeres, con Ana María Matute y Soledad Puértolas, vuelven a estar de moda en las letras españolas. Pero, ¿hay una escritura de mujeres? Lo que sí hay son varias generaciones, todas distintas.

Han sido semanas de alegría en los corrales literarios porque Ana María Matute, académica del sillón K, ha recibido el premio Cervantes. Además, Soledad Puértolas ha entrado por sobrados méritos en la Real Academia. Alegría para ellas y alegría en general porque estos honores quitan otra capa más de la odiosa diferencia de género y echan otra paletada de tierra sobre el motivo mismo de este artículo: hablar de mujeres que escriben. Tal y como van las cosas, es muy posible que este momento inaugure una etapa en que hablar de escritoras excluyendo a hombres no tenga el más mínimo sentido. Pero, haciendo retrospectiva, quizás sea el momento de hablar de algunos problemas hereditarios.

Que escritoras y escritores jueguen finalmente a lo mismo, a literatura, es una oportunidad pero también un peligro. La crítica machista y protectora con las mujeres queda clausurada. Aunque todavía algunos críticos ensalzan las proezas literarias de las mujeres como si fueran casos raros o más esforzados, como si todavía necesitasen ellas un cuarto propio y levantasen la vista cansada para escribir de temas de mujeres, esta postura ya resulta carca y polvorienta. Ahora podemos decir, sin el más mínimo pudor o caballerosidad, que lo que escribe Lucía Etxebarría es sencillamente tosco y mediocre. No deja, claro, de ser un punto de vista. Un punto de vista de críticos literarios cada vez más numerosos.

Así las cosas, hagamos una retrospectiva de lo que las escritoras españolas están haciendo y tratémoslas con la camaradería dura de los escritores. Ana María Matute es decana de las escritoras españolas. De una generación donde las escritoras empezaron a escribir sin remilgos, de la generación de Carmen Laforet, sus libros son fabulaciones imaginativas (ver recuadro). Otra ganadora del Nadal y compañera de generación fue Carmen Martín Gaite, fallecida en el año 2000 y ganadora del Príncipe de Asturias. Sus novelas comenzaron también atadas al realismo existencial, pero en lugar de derivar a la fantasía tomaron un camino más político.

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Rosa Regás es el nexo entre esta generación y la siguiente y tiene cualidades y defectos de ambas. Premio Nadal y premio Planeta, los dos títulos nobiliarios de los escritores consagrados de aquella época no fueron suficientes para afianzar el camino literario de Regás, que durante los últimos años ha tenido problemas con sus cargos públicos, especialmente el de la Biblioteca Nacional.

Las viejas glorias fueron relevadas por una generación de escritoras con un perfil mucho más bajo que se convirtieron en adalides de la Transición y la democracia. Muchas de ellas tomaron caminos diversos que, con la excepción de Soledad Puértolas, tiraron hacia una literatura portátil demasiado atada al género. Es comprensible por la época en que empezaron a escribir algunas de ellas, pero no deja de ser triste que, mientras los escritores se lanzaban con experimentos y novelas enormes, ellas tuvieran que cumplir la supuesta misión histórica de hacer proselitismo.

Libros cómodos.

Esta generación de escritoras nacidas a partir de 1940 es, quizás, la más vendida en librerías. El ejemplo más claro es el de Rosa Montero, que concibe la literatura como algo alejado de los géneros, común a hombres y mujeres, pero que sin embargo escribió libros muy cómodos en cuanto a la ideología progresista. Te trataré como a una reina, una de sus novelas capitales, habla de la incomunicación y la soledad que separa a hombres y mujeres. Pero, ¿qué modelo narrativo aporta? ¿Por qué tanto ésta como otras novelas de Montero iban hacia un sistema moral y se alejaban de la búsqueda de lenguajes propios? Quizás porque Rosa Montero es una periodista brillante (aunque su ideología siempre quede clara).

Otra periodista brillante y escritora discutible para la que este problema se exacerba es Maruja Torres. Mientras vivamos (Premio Planeta) y Mujer en guerra son dos novelas trasnochadas por las que unos pocos años pasan con pies tan duros que hoy día es difícil leerlas sin que aquejen cierta ingenuidad.

Pero, claro, no siempre estos problemas son fango para los pies de una mirada y un estilo. Elvira Lindo no es sólo autora de la saga para niños más brillante, irónica y divertida (Manolito Gafotas). Elvira Lindo es una escritora que ha logrado hablar de todo aquello que le importa (y muchas de estas cuestiones son relativas al género) aportando con su pluma endiablada un corte muy fino a temas que podrían parecer fáciles. Porque la ironía siempre vence a la solemnidad.

Si la conclusión de esta etapa es que algunas escritoras tomaron la senda cómoda, no podemos olvidar a Almudena Grandes, que ha sido el ejemplo más claro y piedra generatriz de otras escritoras peores que ella. Las novelas de Almudena Grandes mezclan la ideología progresista y de género con historias en las que el sexo pretende reflejar sentidos humanos que el estilo esboza toscamente. Su éxito fue meteórico y algunas de sus novelas se adaptaron al cine precisamente en la década en que el cine español empezó (siempre generalizando) a volverse mediocre. Soledad Puértolas, recién admitida en la Real Academia, es una clara excepción dentro de este modelo generacional. Decana de esta generación y nexo con la anterior, la gran aportación de Soledad Puértolas es la mirada, cogiendo el testigo de Ana María Matute. Una mirada muy poco común, muy delicada, y una apertura literaria hacia otras costas.

Hacia el mañana.

La generación de escritoras nacidas a partir de los setenta tiene dos caminos, uno radicalmente pegado a lo peor de la herencia feminista en literatura, donde Lucía Etxebarría es el fénix, y otro ya liberado de estas trabas donde, con mayor o menor fortuna, las escritoras han tomado la vía de la literatura sin color, de la página en blanco y negro, de la búsqueda de la palabra. Quizás es hora de explicar a qué se debe tanta inquina con la ideología o los temas feministas. Totalmente necesaria y loable, con logros que desde la primera línea se han defendido en este texto, el posicionamiento en literatura coloca al autor en la comodidad consigo mismo. Lo mismo ocurre con cualquier otra vía de creencias. El buen escritor siempre está incómodo, siempre va más allá, siempre trama algo que, a primera vista, es difícil de comprender. Y patinar en la pista del inconformismo conformista es el pecado que señala la obra de algunas de las escritoras aquí mencionadas.

Lucía Etxebarría y Espido Freire fueron las apuestas jóvenes de finales de los noventa. Sin embargo, su atrevimiento en la forma descansa sobre las costillas del egotismo joven. Igual que pasa con los hombres, el epíteto de escritoras de una nueva generación es algo que sólo con mucho esfuerzo logra un autor quitarse.

Es mejor derivarse hacia lo que, en los últimos veinte años, se ha hecho bien o muy bien. Eugenia Rico publicó una gran novela, Los amantes tristes, reeditada ahora por la editorial Baladí. Apostando por un romanticismo dramático, continuó con La muerte blanca, otra novela intensa. El otoño alemán, una novela donde se tira de ciertas cuerdas actuales y fáciles, plantea también un intenso mapa de celos y paranoia que sólo suena con literatura. Aunque parece derivar a sendas más comerciales, aquel escalón queda como posta de un camino exigente al que puede volver en cualquier momento. Porque lo comercial no siempre está reñido con lo vano.

Entre tanto, escritoras como Blanca Riestra y María Sirvent (que publicó el año pasado su primera novela en Aleph) se muestran ya totalmente descarnadas. En ellas surge una literatura sin color por la saturación de miradas y una voz potente, personal. La literatura de estas dos autoras bebe de fuentes muy distintas pero afianza las claves: en ellas hay novela, no panfleto. Novelas con vida propia que pueden incomodar a cualquiera, como las de Elvira Navarro, situada en el olimpo de las nuevas generaciones que es la lista de Granta. Hay que mencionar también a la catalana Llucía Ramis, autora rabiosamente pegada a su generación y a la vida de las calles barcelonesas donde vuelve a triunfar la apuesta de la mirada porque sale de ojos de verdadera escritora. Y que confiamos en que sabrá desembarazarse de su primer impulso una vez que se le agote, porque escribir es volver a empezar cada vez.

Para concluir, y hablando de empezar, una autora sorprendente, una autora que es la semilla de un escritor monumental y que, por su corta edad y su postura ante la letra escrita, parece cerrar de un portazo el problema que hemos querido señalar aquí. Se trata de Aixa de la Cruz, que con su incipiente carrera se perfila como una de las líneas más poderosas del mañana literario.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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