En el arte no se tira nada
Asombrosa exposición en el Matadero de Madrid: Reciclaje y expresividad, un método de enseñanza, del leonés Paco Chamorro. Una vida entera en tejidos.
Elena llega al Matadero con la cara de quien se tira en paracaídas sobre Afganistán. No sabe nada, no se ha enterado de nada. Claro, cómo podría. Yo llevo casi tres cuartos de hora de tren subterráneo -viajamos desde un remoto paraje hasta el centro de Madrid- tratando de explicarle quién es Paco Chamorro, la importancia que este hombre ha tenido y tiene no ya en mi vida, que también, sino en la enseñanza del arte en nuestro país, en la fabricación de la belleza, en la docencia del sentimiento. ¿Hay eso, docencia del sentimiento? Yo sé que sí, porque Paco me tomó por alumno cuando yo tenía 18 años, pero cómo se sistematiza eso, cómo se le hace ver a alguien que no sea uno mismo. Por eso Elena no entiende nada. Le diga yo lo que le diga.
Yo vengo diciéndole que va a ver la exposición pública de toda una vida, pero a nadie puede pedírsele que entienda eso. De nada sirve tampoco el currículum: Paco aprendió cómo se manejaba el barro en Florencia, fue alumno escultor de Julio López Hernández, hizo diseño con Paco Nieva, ha hecho algunos de los mejores carteles que yo he visto -un solo ejemplo: el del Festival Internacional de Órgano Catedral de León- y se ha dejado lo mejor de su vida en el telar. Literalmente. Ha sido profesor de textiles en lo que hoy se llama Escuela de Arte, y antes se llamó de diversos modos. Primero en la calle de La Palma, luego en la del Marqués de Cubas, ambas en Madrid. Por sus manos, su cabeza y su corazón han pasado cientos, seguramente miles de alumnos de todas las edades, pelajes, disposiciones y talentos. Algunos han llegado a las frías cumbres del diseño y de la fama. Otros tomaron cualquiera de los desvíos de la vida y acabaron en los lugares más diversos. Pero a todos, y digo todos, les pasó lo mismo que a mí: que aprendieron a sentir. Porque sí se puede enseñar el sentimiento. Ese es Paco Chamorro.
Me come la tentación de relatar aquí nuestra amistad de 35 años, al menos algunos de los momentos más altos de mi aprendizaje con él. No lo voy a hacer, primero porque eso ocuparía cientos de páginas y luego porque sé bien que a él no le gustaría. Es tímido. No había más que ver con qué torpeza se plantaba delante de la cámara de Elena: no sabía cómo sonreír ni qué hacer con las manos. No le gusta nada la luz pública: esta es la primera vez (¡en 35 años!) que escribo sobre él con su consentimiento, y ha tenido que ser porque protagoniza una exposición en la que ha soltado su trabajo, su talento y sus sentires de muchos años.
Elena asiste por primera vez al prodigio de ver una exposición de Paco contada por el propio Paco. Yo eso ya me lo sé, pero Elena tiene la misma cara de cervatillo atónito que debí de poner yo la primera ocasión en que vi algo así.
La primera vitrina es casi una provocación. Hay allí, en total batiburrillo, trapos, cintas de embalar, cremalleras, arandelas, canicas, estropajo, viruta de metal, clips de oficina, cordones de zapatos, hojas de periódico, sabe Dios. Y Paco, triunfal: “La primera norma es muy sencilla: aquí no se tira nada”.
La exposición tiene un nombre académico: Reciclaje y expresividad, un método de enseñanza. Y eso es lo que es. Hace década y media, Paco reunió a sus alumnos y les propuso un disparate apasionante: hacer tejidos (ojo, no trajes, no diseños de vestuario: solo tejidos) imaginados para personajes de ópera, o de obras de teatro, o de ballets. Condiciones: primera, usar materiales que el común de los mortales consideramos “de desecho” o, sin más, basura. Segunda, tejerlos en el telar como si entre sus manos tuviesen seda mágica. Límites a la imaginación: ninguno en absoluto.
“¡Tú mira! ¡Pero mira!”.
Anécdota inevitable. Hace como 30 años, Paco y yo solíamos irnos carretera adelante, a bordo de un inolvidable seiscientos azul que conducía él, “a ver otoños”. Yo iba papando moscas, como es natural. Y más de una vez, y más de dos, y más de veinte, Paco le arreaba un tremendo pisotón al freno (yo, claro, cabezazo contra el parabrisas) y entraba en erupción:
-¿Lo has visto? ¿Tú lo has visto?
-¿El qué?
-¡Cómo que el qué! ¡La lata!
-¿Qué lata?
-¡Ay! ¡Qué coooño de chico! ¡Con lo listo que pareces! ¡Tú mira! ¡Pero mira!
La lata estaba diez o veinte metros atrás, en el asfalto, pisada por quinientos coches, oxidada y moribunda, pero brillaba o reflejaba la luz de una manera inquietante. Paco gritaba: “Y esto, ¿qué música tiene?”. Y al cabo de media hora, o de seis meses, o de 30 años, el potrillo zangolotino que yo era entonces aprendió a ver, a imaginar, a sentir que aquella lata, o una piedra, o un pedazo de escalera deshecho a hachazos, podía ser inequívocamente Bellini, o Donizetti, o Romeo y Julieta, o -cientos de veces- algo cantado por nuestro Pavarotti.
Capaz de todo.
Aquí es igual. Vayan a verlo y lo comprobarán. Cuando alguien aprende a tejer pequeños cucuruchos de periódico usando nada menos que el nudo turco de Esmirna es ya capaz de todo. Un disparate hecho con pequeñas conchas de almejas y una redecilla de plástico se vuelve, sin la más mínima duda, el tejido para vestir a Nadir en Los pescadores de perlas, de Bizet. Otro trozo confeccionado con negros protectores de tubos de calefacción haría que el bajo más exigente de la historia se sintiese inmediatamente el comendador del Don Giovanni de Mozart. Todo así. Claro que para llegar a esos vuelos de la imaginación, a esas prodigiosas analogías, hay que haberse empapado de Bizet, de Mozart y de mil cosas: se puede aprender a sentir, sí, pero las materias primas que generan el sentimiento hay que traerlas en la cabeza (o en el corazón) perfectamente frescas y en estado de revista.
A Paco y a sus alumnos les habrán mirado mil veces, con muchísima caridad, las dependientas de tiendas de alimentación, cuando iban a preguntar si tenían latas de Coca-Cola y al final resultaba que no les interesaba el líquido sino la lata propiamente dicha, o mejor todavía los tiradores de metal con que se abren, o mucho mejor aún las argollas de plástico con que se engarzan las latas de seis en seis. Con esos abridores hicieron en la escuela una cota de malla que habría matado de felicidad al Cid de Massenet. El grandioso vestido de la Reina de la Noche (La flauta mágica, Mozart) está tejido con cremalleras negras. Con otras iguales, pero blancas, se vestiría Lohengrin para bajar en su barca. U Odette. Flejes de empaquetar libros logran el ropón nocturno de Felipe II en la dolorosa escena de Don Carlo... Y Elena, que ya lo entiende todo, que todo lo mira fascinada, pregunta: “Paco, ¿por qué en el cartel de la exposición no aparece tu nombre?”. Ahí Paco enrojece, se ajusta las gafas, medio sonríe. Y murmura: “¿Para qué? Si yo solo enseño...”.


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