El sueño de la crisis produce libros

24 / 10 / 2013 10:25 Daniel Jiménez
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

La dichosa recesión se ha colado de lleno en el último lugar que parecía a salvo: las novedades literarias del otoño. Tormenta de novelas sobre “la que está cayendo”.

No es un fenómeno extraño que coincidan en las librerías varios títulos cuyas semejanzas temáticas e incluso estilísticas nos inciten a hablar de tendencias. Cada escritor es una isla, pero varias islas colocadas cuidadosamente sobre el mar de las mesas de novedades forman una idea de unidad, un archipiélago. Ocurre a menudo. Algún visionario enmarca su trama en un contexto parcialmente olvidado, los últimos días de la Guerra Civil, los primeros meses de la Transición, o un instituto donde cohabitan vampiros y hombres lobos (“¿cómo no se me había ocurrido antes?”, piensa el escritor dando palmadas) y si las ventas le acompañan se pone en marcha un proceso que dará pequeñas alegrías, pingües beneficios y grandes decepciones, hasta devenir en un final lento y penoso como una larga enfermedad. Pero en este caso aún estamos en los albores de una nueva tendencia, o corriente estética, o simple posicionamiento frente a la realidad que vivimos, y los principios suelen ser luminosos y esperanzadores.

Si hacemos caso a los malos políticos, la crisis está tocando a su fin. Si hacemos caso a los buenos novelistas, la crisis nunca desaparecerá. La crisis (sea económica, política, moral o de las instituciones) se ha convertido ya, para nuestra desgracia, en nuestro estado de ánimo, en la característica de estos tiempos. Por eso no resulta extraño, sino consecuente, que sea el tema central de muchas novelas. Todas ellas, siendo diferentes tanto en sus contextos como en el énfasis de sus planteamientos, tienen en común el compromiso de sus autores con la realidad. El escritor Rafael Chirbes, el mayor referente en esta materia, lo explicó así en una entrevista: “Si un escritor huye de la historia y no quiere ser testigo de su época, termina siendo síntoma de ella”.

A lo largo del pasado año varias editoriales independientes y de escasa difusión pusieron de acuerdo a decenas de escritores para escribir literatura contra la crisis. Ediciones Traspiés y Atónito Editorial publicaron varios ejemplares donde trataban de aunar la buena literatura con el compromiso y la urgencia por mejorar la situación. Para entonces, las grandes editoriales preparaban su propio desembarco, que se inició a principios de este año con la aparición en Anagrama de la última novela de Rafael Chirbes, En la orilla, que fue bautizada al instante como la gran novela de la crisis. En Seix Barral debutó el joven escritor Pablo Gutiérrez y con su novela Democracia logró no dejar indiferente a nadie. Algo similar consiguió Alberto Olmos con su novela Ejército enemigo, publicada en 2012, y que algunos críticos sitúan en los orígenes de esta tendencia (o corriente, o postura).

Como platos fuertes de la rentrée otoñal en las últimas semanas han aparecido otras novelas que de una forma u otra están ligadas a la crisis, bien poniendo el acento en los orígenes, como Mentiras aceptadas (Siruela), de José María Guelbenzu; bien haciendo hincapié en su impacto en nuestros actos, como La habitación oscura de Isaac Rosa (Seix Barral); bien usando un personaje espejo de la decadencia, como hace Gonzalo Torné en Divorcio en el aire (Mondadori); o bien volviendo la vista a los años del felipismo para llegar a nuestros días, como hace Benjamín Prado en su libro, de título esclarecedor, Ajuste de cuentas (Alfaguara).

 Sin que su última novela, Daniela Ástor y la caja negra (Anagrama), se encuadre dentro de estos difusos límites, no cabe duda de que la escritora Marta Sanz sí forma parte de este grupo de escritores comprometidos con su época, y por eso Tiempo ha querido contar con su participación. Las respuestas de varios de estos autores a las preguntas que les planteamos han logrado la difícil tarea de definir y explicar un fenómeno que, a falta de un nombre mejor, seguiremos llamando tendencia, o corriente, o posicionamiento. Hasta para poner etiquetas estamos en crisis.

¿Cuál es el impulso para escribir una novela con tantas referencias a la actualidad? ¿Indignación, hartazgo, vocación moralizante?

Isaac Rosa: En mi caso, escribir es un intento de comprender, de pensar lo que nos pasa. La literatura, entre otras cosas, es una forma de conocimiento. Lo extraño hoy es que un novelista se siente a la mesa y consiga escribir ajeno al asedio de la realidad.

Marta Sanz: Escribimos sobre la realidad porque es absolutamente imposible escribir sobre otra cosa. Incluso quienes se dedican al género de terror y a la novela fantástica, a los cuentos de hadas o de sapos y princesas, están escribiendo sobre la realidad. Piensa, por ejemplo, que la ciencia-ficción es uno de los géneros políticos por excelencia.

Alberto Olmos: Es normal que en momentos críticos los escritores deseen convertir sus novelas en reflejos de la realidad, pues ante ella toda su imaginación palidece.

Pablo Gutiérrez: El impulso proviene de no poder escribir sobre otra cosa ni mirar a otra parte. Es como la víctima de un timo o un asalto, que le cuenta a todo el mundo lo que le pasó. Lo mismo es esto.

Novelas sobre la crisis. ¿Cree que podría tratarse de una tendencia, de una protesta cultural contra los abusos, de una voluntad testimonial o incluso de cierto oportunismo?

A.O.: Oportunismo hay mucho: Lucía Etxebarría, por ejemplo. También hay compromiso honesto: Isaac Rosa. Luego hay coincidencia, como fue mi caso con Ejército enemigo.

P.G.: En los últimos dos años han aparecido unas cuantas novelas sobre la crisis, no muchas; lo raro es que la crisis no aparezca en todas, explícita o no, diciendo “Lehman Brothers” o diciendo “hambre”. No sirve de nada escribir sobre ello, pero es ruin inventar entretenimientos cuando lo que ocurre es tan severo.

José María Guelbenzu: Es posible que sea tendencia porque la actualidad, como su nombre indica, habla de lo que sucede en el momento. En mi caso he tomado distancias: quería situar el conflicto del personaje y los que le rodean en un momento de esplendor, que ocultaba un futuro de pobreza.

I.R.: Es lógico, si la crisis está presente en las conversaciones de la calle, en los medios o en el debate ciudadano, también debe estarlo en una literatura que trabaje en su tiempo. Pero veo cierto riesgo a crear un subgénero, que pronto veamos en los mostradores de las librerías con el cartel “novelas de la crisis”, porque se quedaría en lo meramente documental, en vez de indagar en la complejidad de lo que está ocurriendo.

¿Considera la ficción, la novela, un mecanismo más efectivo para remover la conciencia del lector o influir en la sociedad que la mera presentación de la realidad, a la que estamos de algún modo acostumbrados e inmunizados?

P.G.: No. Es menos efectivo. Pero es una necesidad. Cuando alguien se enfada mucho y quiere poner ejemplos de adónde hemos llegado, enseguida recurre a contar una historia ejemplar, la de un amigo a quien le quitaron la casa, un pariente que lo ha perdido todo. Contar esas historias menores sirve para intentar entender el conjunto, buscar un sentido. Con las novelas pasa lo mismo: se elaboran sobre lo que ha ocurrido, no sirve para alertar a nadie ni para cambiar ninguna cosa, pero son inevitables.

J.M.G.: La novela, para mí, es un modo de obligar al lector a pensar, reflexionar y hacerse las preguntas.

A.O.: Ninguna novela a día de hoy es efectiva para influir en la realidad o en la sociedad.

I.R.: Por un lado, creo en el potencial de la narrativa de ficción para interpelar al lector con más contundencia que otras formas de representación de la realidad. Por otro lado, me temo que la literatura viene perdiendo relevancia social, cada vez cuenta menos, frente a otros discursos que están haciéndose con la hegemonía del relato.

M.S.: Con todos mis respetos por las vocaciones moralizantes, mantengo cierta admiración por los escritores que desde hace muchos años tratan de escribir literatura política, literatura de intervención, frente a esos otros que caen en la tentación de convertir la indignación en una marca y la crisis en merchandising.

En estas novelas, ¿debe predominar el mensaje a la estética, la ética a la voluntad de estilo?

J.M.G.: En mi actitud de autor están indisolublemente unidas.

M.S.: La forma y el fondo de los textos literarios, como la ética y la estética, son conceptos indisolubles. Creo que hay que aspirar a inquietar al receptor con propuestas que, por ser formalmente intrépidas, sean al mismo tiempo conceptualmente críticas. Como decía Godard, el traveling es una cuestión moral.

I.R.: Los aspectos formales son tan decisivos como los temáticos si se trata de sacudir al lector. Por no hablar del lenguaje, que es donde se desarrolla la verdadera lucha del escritor.

A.O.: Creo que un escritor debe estar comprometido en primer lugar con la literatura, del mismo modo que un madrileño debe comprometerse primero con Madrid. Una gran novela, a todos los efectos, siempre será una novela estéticamente elevada, retórica y perdurable.

¿Qué referentes señalaría dentro de esta tendencia narrativa de la crisis o escritura comprometida, y cuál cree que será el valor literario o comercial a medio plazo?

P.G.: El mercado editorial es tan mezquino que esa tendencia desaparecerá pronto por miedo a aburrir a los lectores. En cualquier caso, ya hay quien no perdió ni un minuto de acusar a esa literatura de oportunista, como si no fuera inoportuno dejar la realidad, esta realidad opresiva de pobreza y feudalismo, al margen de la novela.

J.M.G.: El único novelista español que tenía un proyecto desde hace mucho que ha ido cumpliendo con el desarrollo del país ha sido Rafael Chirbes, y todavía no se lo han sabido reconocer rectamente.

A.O.: Los referentes estarían en una generación o grupo olvidado, repito, olvidado, que conformaban autores como Antonio Ferres y otros. El valor literario de una obra hecha para enviar un mensaje inmediato, casi urgente, a la población contemporánea es evidentemente muy escaso. El comercial, me da que también.

M.S.: Yo creo que a largo o medio plazo las novelas de Rafael Chirbes, Belén Gopegui o Isaac Rosa pervivirán, siempre y cuando eso que llamas su valor literario no se ponga en entredicho a causa de su carga ideológica y su posicionamiento político.

I.R.: Ningún reportaje periodístico, discurso político o informe de expertos nos hará entender el derrumbe que vivimos como lo hace En la orilla. Me interesan otros autores que transmiten la violencia y el dolor de nuestro tiempo desde la subjetividad, como viene haciendo Marta Sanz.

¿Podría enunciar en una frase el mensaje o la reacción que quiere provocar en el lector con su novela?

I.R.: Si pudiera hacerlo en una frase no habría escrito 250 páginas. Pero comprimiendo mucho: quiero que el lector añada la pieza que falta al relato de la crisis. Y esa pieza es él mismo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: Carlos Ortiz de Zárate 06/12/2013 13:13

    Mis felicitaciones ante el planteamiento. Echo de menos perspectivas de las escrituras publicadas que permanecen desconocidas. En literatura, como en la actualidad, somos víctimas del estruendo y siquiera miramos los catálogos o lo que sucede en nuestro entorno. Por si alguien lo consultar: http://www.editorialcirculorojo.es/publicaciones/c%C3%ADrculo-rojo-novela-v/el-principado-de-la-fortuna/

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica