El duque de las chirigotas

24 / 02 / 2012 11:46 Incitatus
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Los carnavales de Cádiz han dictado sentencia antes que los jueces: Urdangarin ha sido el protagonista absoluto y se ha llevado coplas inolvidables.

El humor es una de las fuerzas de la naturaleza. Esto creo que no permite duda, y más en un país como el nuestro, que inventó los chistes. No estoy nada seguro de que fuese un buen invento. El chiste español, o mejor sería decir celtíbero en estado puro, suele ser una salvajada en la que los más escarnecen a los menos con una agresividad que, a mi juicio, muchas veces traspasa los límites de la risa para entrar en los de la pura zafiedad. Aquí se inventaron los chistes de cojos, de tartamudos; los espantosos chistes de mariquitas, que muchas veces contaba un mariquita mariquitísimo (me estoy acordando de algunos en la televisión de los 70) al que el miedo le había roído el último resto de dignidad. Este es el país de Quevedo, que como humorista era mucho más bestia que sutil o gracioso. Y que acabó siendo él mismo protagonista incomprensible de una catarata de chistes escatológicos, groseros y sin la más mínima gracia que inundaron los recreos de mi niñez como si se hubiese atascado el retrete. Y qué decir del insufrible Jaimito, modelo del perfecto psicópata infantil. Cuántas veces me he preguntado de qué coño nos reíamos cuando yo tenía 10 o 12 años.

Pero no siempre es así ni mucho menos. Este país, en el que los únicos que saben reírse sinceramente de sí mismos son los vecinos de Lepe (y eso porque no les queda otro remedio), sabe mezclar el humor con el talento de una manera inigualable. Y entonces el humor recupera la capacidad de transgresión y de crítica que ya tenía en la Edad Media, y los humoristas se convierten en tribunales de justicia popular ante los que no cabe el más mínimo recurso, porque no hay tonto ni poderoso (ni tonto poderoso, desde luego) capaz de resistir una carcajada colectiva.

Eso lo decía Ernst Lubitsch en aquella joya del cine que se llamó To be or not to be, y es para asombrarse de tanto genio porque estoy casi seguro de que Lubitsch nunca conoció los carnavales de Cádiz.

Como las procesiones de Semana Santa, los carnavales gaditanos proceden del Renacimiento. Que ya es proceder. Al contrario que las procesiones de Semana Santa, los carnavales han sido mil veces perseguidos por aquellos que temían, y siguen temiendo, el poder del humor. La Iglesia católica, que fue el primer objeto de sus chanzas, no los ha podido ni ver durante siglos, y ha hecho siempre lo posible por borrarlos del mapa. Los primeros Borbones, que eran más sosos que una fiesta de cumpleaños de teólogos, los zurraron cuanto pudieron. Fernando VII y su Inquisición los prohibieron, aunque en Cádiz nadie les hizo mucho caso. Y Franco, claro, con su propia Inquisición nacionalcatólica, los quiso arrancar del alma de la gente, como hizo con tantas cosas más; menos mal que un gobernador civil, de apellido Rodríguez de Valcárcel, se mondaba de risa con las chirigotas, y logró que el régimen los consintiera... aunque fuesen domesticados y falangistizados. Pero ¿se puede domesticar el humor?

No se puede. Relean El nombre de la rosa, de Umberto Eco, y comprobarán que no se puede. O, si no tienen a mano esa impresionante novela, piensen en Iñaki Urdangarin.

El protagonista.

Desde hace décadas, los numerosísimos cuartetos, comparsas, coros y chirigotas de Cádiz pasan revista, en tono de chanza afilada, a lo que ha ocurrido desde el último carnaval. Durante esos días, como ocurría en el medievo, hay paso franco para reírse de lo que nadie se ríe durante el resto del año. En 1982 no se veían por la calle más que tricornios y bigotes. En 1996, te encontrabas un Luis Roldán en cada esquina. Y en este año han respirado con inmenso alivio Zapatero, Rajoy, la jodía crisis y hasta la duquesa de Alba (que se ha llevado lo suyo, no obstante, por su boda), porque el protagonista absoluto ha sido el duque de Palma.

Las coplas chirigoteras han sido de ferocidad variable. Una de las formaciones destacadas del concurso ha sido Viva la Pepi (alude a la Constitución de 1812); sus integrantes, vestidos de disparatadas limpiadoras de la iglesia de San Felipe Neri, han regalado a la historia de la sátira una burla tremenda, con la música de una antigua canción que hablaba de un orangután y una orangutana:

“Un día el Urdangarín

le dijo a la Urdangarana:

‘Tenemos mucho en común,

es que somos casi iguales,

a ti te va lo real

y a mí me van los reales’.

(Estribillo: El Urdangarín y la Urdangarana...)

El Rey se lo advirtió:

-O cambias o te desheredo.

-Que es que yo quiero cambiar,

le juro que yo lo intento,

pero es difícil cambiar

los billetes de 500”.

El asunto continúa, pero como muestra es difícil encontrar mejor botón. Hay otras coplas de otros grupos que tienen, a mi juicio y solo al mío, menor interés, y ya es raro porque la permanente puntería de las sátiras gaditanas se fundamenta, creo yo, en un detalle esencial: se trata de una competición. No basta con ser ingenioso, mordaz, brillante en el vestuario o afinado con la voz, salir a la calle, soltar lo que hay y ya está. No es así. Hay que ser todo eso pero mejor que los demás, que tienen su propio ingenio, sus propios especialis-tas en letras y músicas y sus propias ganas de triunfar. Todos saben que no hay que ser demasiado bestias, demasiado payasos, demasiado aduladores, demasiado... nada. Hay que equilibrarlo todo, y ahí es donde se acaba el cutre humor español clásico, el humor de los chistes groseros: esto es talento, y no tiene más remedio que destacar. Y vaya si destaca.

Tanto que el carnaval gaditano se ha desbordado a sí mismo. Le han salido imitadores o sucedáneos en media España. Las mejores chirigotas, coros y comparsas gaditanos (mi aplauso personal al Cádiz Gospel Choir, por el enorme trabajo y los espléndidos resultados) se van de bolos por el país, y eso significa casi un carnaval perpetuo.

Si a eso se le añade el inmenso poder de Internet, el asunto está claro: el duque de Palma, “que la palma [de la mano] ponía y luego la recogía”, se ha llevado este año el más feroz veredicto de los humoristas populares gaditanos...

 y de otros muchos lugares. Tiene que tener cuidado este mozo alto y, según va quedando cada vez más claro, codicioso. Se puede sobrevivir, aunque sea difícil, a una sentencia judicial o a una campaña de prensa. Pero en España no se puede sobrevivir a una carcajada nacional. Cuando los de Viva la Pepi dicen, emocionados: “Le agradecemos a Iñaki que nos haya servido tanto de inspiración”, están cerrando un caso con más fuerza que el Tribunal Supremo. Pobre chico. Bueno, pobre, lo que se dice pobre...

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