Cómo sobrevivir a los libros de autoayuda

01 / 07 / 2011 13:41 Incitatus
  • Valoración
  • Actualmente 4.5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 4.5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Crece la avalancha de libros que ofrecen todas las soluciones imaginables para problemas que, hasta que vimos el libro, no sabíamos que teníamos.

De cada diez libros que llegan a esta casa, tres son novelas históricas más o menos deleznables, pero cuatro son libros de autoayuda. Es algo espantoso. Comprenderán ustedes que, en las líneas que siguen, evite citar autores y aun títulos exactos, porque las editoriales que envían esos trastos impresos también mandan libros de verdad, de los útiles, y no me gustaría que dejasen de hacerlo; las editoriales son seres susceptibles. Pero repito: es espantoso.

Los libros de autoayuda parten de una premisa incuestionable: usted necesita ayuda, pobre señor, pobre dama desvalida, pobre joven podrido por la angustia. ¿Es eso cierto? No, claro que no, en absoluto; y, en el caso de que lo fuese, tenga usted por seguro que un libro más bien delgaducho no va a ser la purga de Benito que le libre a usted de sus tribulaciones. Pero eso no es importante: lo que cuenta es que usted crea que necesita ayuda, y que un supuesto científico, un inencontrable psicólogo o un gurú indio más falso que una moneda de tres euros se la va a proporcionar en ciento y pico de páginas. Conclusión: hay que crear primero la necesidad para poder luego satisfacerla. Hay que inventar el problema para correr después, sonrientes y generosos, a solucionarlo. Por muy poco dinero.

Pongamos un ejemplo, que es lo que se hace siempre en los libros de autoayuda. ¿Recuerdan ustedes cuál fue la característica más notoria de la sociedad española en los años 80 y 90? Se lo digo yo: que las mujeres olían fatal. Apestaban, hedían, daban un asco espantoso. ¿Era eso verdad? Claro que no: las españolas olían igual que siempre, quizá mejor que nunca antes (efectos de la higiene), pero alguien inventó los llamados “desodorantes íntimos” y, para venderlos, era necesario convencer primero a las mujeres de que atufaban desde siete kilómetros, de que expelían vapores mefíticos por todos sus poros, ángulos y rincones corporales. Padecimos así, durante años, algunos de los anuncios más repugnantes de toda la historia de la publicidad. Los vendedores de aquellos esprays se hicieron de oro. El chollo duró hasta que las chicas tomaron conciencia de su propia dignidad y, entre otras muchas cosas, cayeron en la cuenta de que los varones jamás habíamos salido corriendo, con la mano en la nariz, cuando ellas se acercaban; más bien al revés.

Pues con los libritos estos ocurre exactamente igual. Llega uno y te dice: Cómo vencer el temor a la desaprobación de los demás, el sentimiento de culpa y la inseguridad. Son 17 euros que usted paga después de caer súbitamente en la cuenta (ay mísero de usted, y ay, infelice) de que el resto del universo lo mira con innegable severidad, reprobación y vituperio; de que tiene usted la culpa de todas las desdichas que aquejan al mundo, incluido el cambio climático (mire qué bien: igual que Zapatero) y que más le vale no cruzar la calle, porque seguro que lo atropella el triciclo de un niño. Hala. Ya se ha convencido de todo eso, ¿verdad? Pues póngase a leer. Ya verá lo bien que le sienta.

Créame: si hubiese alguien en el mundo capaz de librarle a usted de semejantes catástrofes personales por 17 euros, ese alguien sería Dios o, como mínimo, premio Nobel de la Paz tres o cuatro veces. Y no es el caso. Así que, si tiene problemas de autoestima, recurra a un profesional y no a un sacacuartos.

Clásicos.

El libro de autoayuda más célebre de todos los tiempos es el célebre Cómo ganar amigos e influir sobre las personas; lo publicó en 1936 el empresario norteamericano Dale Carnegie y hoy es difícil calcular cuántas decenas de millones de copias habrá vendido. El libro, en realidad, era una reflexión muy americana sobre cómo tomar la debida distancia de los problemas propios y cómo interesarse por los líos de los demás. Hay que admitir que era interesante. Sobre todo porque el famoso libro no era sino la puerta de entrada a un curso de relaciones humanas (era la más conocida de sus variedades) en el cual, en catorce semanas, se entrenaba al cliente en muy diversas capacidades que éste no sabía que tenía. O no las había usado antes.

Debo admitirlo: a mi padre le cambió la vida aquel curso. Funcionó, vaya si funcionó. El día en que llegó a casa completamente eufórico porque le habían premiado con un bolígrafo pensamos todos que se había vuelto majareta, pero no: se había vuelto otra persona. Un tipo gruñón, estresado y a quien lo mejor era contestarle aquello que quería oír, se había convertido en un señor que escuchaba sin interrumpir, que se ocupaba de tus problemas, que hacía visibles esfuerzos por comprender.

Lo anoto como excepción: se trataba de un largo curso, nada barato por cierto, y no de un libro presuntamente salvífico. Esos son los que nos inundan con resultados, por lo general, lamentables. Dejar de fumar es fácil si sabes cómo hacerlo, anuncia Allen Carr (otro clásico). Sí, pero es igualmente fácil volver a fumar en cuanto vences el asquito que te inculcan: yo soy prueba de ello.

“Angelitólogos”.

Pero, por favor, ¿debo tomar en serio cierto diario escrito por un ángel (¡!) y redactado por fulanito y menganita, “reconocidos angelelólogos (sic) que nos muestran (...) que el poder de los ángeles, su fuerza y su presencia nos acompañan en nuestra vida”? ¿Alguien espera de verdad que, gracias a un libro de cuentos medio infantiles redactado con presunto humor, yo caiga en la cuenta de “cómo vivimos, cómo pensamos y lo mal que lo hacemos casi todo”? ¿Por qué rayos debo creer que la experiencia relatada por un antiguo vicepresidente de una gigantesca compañía informática me va a dar la receta para convertirme en líder de las “nuevas generaciones”, y espero que quien haya elegido precisamente esa expresión no esté pensando en lo mismo que yo pienso ahora? ¿De verdad es necesario convencerse de que la mayoría de las cosas que uno hace son equivocadas para recorrer, de la mano del penúltimo visionario, “el camino creativo que lleva del error al éxito”? ¿Alguien cree que la vida puede resumirse, clasificarse o
 -hala- solucionarse gracias a 23 posturas de yoga?

¿Por qué toda esa gente tan lista (listos sí son: sus libros se venden como churros) parte de la idea indecente de que todo lo hacemos mal, de que deseamos fervientemente liderar a unos o a otros, de que somos macabramente infelices, de que nadie nos quiere y de una larga serie de estupideces por el estilo? ¿Esperan seriamente que nos creamos que ellos, y sólo ellos, tienen la solución a todo lo que tratan de convencernos de que nos pasa? ¿Y por un precio módico?

Ojalá aparezca pronto un libro de autoayuda para librarse de los libros de autoayuda. Un libro gordo, pero con todas las páginas en blanco... salvo la primera. Ahí debería decir: “Déjenme en paz. Las chicas siempre olieron bien”.

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica