Estaba convencido de que no lo vería nunca. Hace muchos años que me hice a la idea de que moriría sin ver a la selección nacional de fútbol de mi país alzarse con la victoria en un campeonato del mundo. Cada cuatro años pasaba lo mismo: la Redacción del medio en que yo trabajase entonces (y fueron unos cuantos) se paraba en seco y todos, los más ardientemente futboleros y quienes lo éramos menos, nos plantábamos ante el televisor a sufrir como galeotes en pleno temporal, porque empujábamos con toda nuestra alma como si el ansiado golito nacional dependiese de nuestros alaridos, de nuestra angustia y de lo apretados que tuviésemos los dientes. No era así, claro. Pero qué más daba, qué otra cosa podíamos hacer.

Nunca lográbamos nada. Cuando no se nos atragantaba Angola, que ya nos valía, nos daba una paliza Alemania o un árbitro filiputiense, que a partir de entonces se hizo muy rico, nos robaba descaradamente el partido ante Corea del Sur. España jugaba con mucho brío y mucho pundonor, pero en el fondo atocinada, como acojonadina; como si los jugadores fuesen conscientes, allá en el fondo de su alma, de que eso eran palabras mayores, fútbol de verdadera altura, y que ahí no tenían nada que hacer.

Los mismos jugadores que llenaban páginas y páginas en nuestra Prensa deportiva cuando lograban hazañas que aquí se nos contaban con titulares dignos de la batalla de Lepanto (que el Celta de Vigo ganara en casa al Betis, por ejemplo), en el Mundial se convertían en unos tuercebotas con párkinson en las cuatro patas; daba la sensación de que saltaban al campo tragando saliva y sujetando respetuosamente la boina con las dos manos, a la altura del estómago, como paletos que entran temerosos en el vestíbulo de la NASA. Así cada cuatro años. Vieja frase: jugábamos como nunca y perdíamos como siempre. La Prensa de aquí clamaba, en cada Mundial, que esta vez sí, que éramos favoritos. Fuera se divertían y nos seguían el juego, dejaban que nos pavoneásemos como niños abusones en el patio del colegio. Hasta que un día Dino Zoff, portero de Italia, puso las cosas en su sitio: “España no va a hacer nada en este Mundial. No lo ha hecho en ningún otro y nunca lo hará, porque jamás han tenido sentido de equipo”.

“CAGÜENLALECHE, OTRA VEZ”

Se equivocó Zoff. Ya no me moriré sin ver a mi selección nacional vencer en un Mundial. Yo, que me aburro mucho con el fútbol, he disfrutado esta vez contemplando una manera de jugar que más parecía ballet clásico que deporte. Los rivales no lograban, en casi ningún caso, pasar del centro del campo sin que Busquets, o Iniesta, o Sergio Ramos, o Piqué, o Xavi Alonso, les quitasen fácil, burlonamente, la pelota. Siempre había sido al revés, ¿verdad? Siempre eran los otros quienes nos la quitaban, ¿a que sí? Pero esta vez fue distinto. Cuando los del equipo de enfrente se decidían a emprender una galopada al contraataque, como la carga de la Brigada Ligera, se encontraban inexorablemente con las murallas de Constantinopla, o sea con Puyol, que no les dejaba pasar ni aunque se lo pidieran por favor; y esta vez eran ellos los que tenían que echar a correr, contritos y apesadumbrados –casi se les oía murmurar, en su idioma, “cagüenlaleche, otra vez”– de regreso a su propio campo, porque allí llegaban los españoles, que brincaban como gamos y que disfrutaban haciendo con el mefistofélico Jabulani unos triangulitos divertidísimos que siempre colgaban, en las caras de la defensa rival, unas expresiones que a mí me recordaban de inmediato a Tony Leblanc cuando hacía su personaje de Kid Tarao, un boxeador que se creía el campeón y el mejor de todos pero al que le daban unos guantazos tremendos.

Ganamos. Eso produjo que uno viese muchas más cosas que creyó que no vería en el resto de su vida. Nunca imaginé siquiera la ciudad de Madrid literalmente inundada de banderas constitucionales, bufandas, gorras y camisetas rojas. La de Madrid y las de Barcelona, Sevilla, Vitoria, Valencia, Orense, Santa Cruz de Tenerife… ¡todas! Nunca creí que oyese a tantos cientos de miles de personas gritar una y otra vez el nombre de mi nación, España, ¡Es-pa-ña!, ensopados de felicidad. Personas de todas las edades, orígenes, ideas políticas, formación académica y extracción social. Todos gritaban, gritábamos, una gozosa evidencia: “Yo soy español”, curiosamente con la música de Kalinka, que es una canción rusa. A todos nos unió, durante esas dos noches inolvidables, la idea de nuestra nación común, de lo que nos une a todos, simbolizado por aquellos veintitrés chavales vestidos con camiseta roja que habían hecho la inimaginable machada de ganar el Mundial para todos.

Nunca había visto tanta gente en la calle. Jamás. Ni cuando la manifestación del 11-M, que ya es decir. Ni cuando la que respondió al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Ni tantas banderas de España. La última vez que Madrid vio tal marea de tela roja y amarilla fue en 1941, cuando pasó por la ciudad, a hombros, el féretro de José Antonio Primo de Rivera, camino de su sepulcro provisional en El Escorial. Pero mi abuela Carolina me contaba que era la Policía la que iba casa por casa, piso por piso, obligando a la gente a colgar la bandera en el balcón y a ponerle un crespón negro. Mi abuela, que no tenía crespón, hizo un nudo con dos medias suyas de luto y allí lo colgó. Casi la detienen.

Pero esta vez ha sido, ya digo, distinto. Hoy, esta tarde de domingo en la que escribo, se cumple una semana de aquel delirio de dicha colectiva. Y cientos de banderas permanecen colgadas en los balcones. Cientos de las decenas de miles que vi ondear como símbolo de la felicidad de todos. Es como si la gente no quisiera que aquel ventarrón de alegría pasase. Es como si los ciudadanos se resistiesen a volver a la realidad, al tráfago de todos los días que, comparado con esas cuarenta y ocho horas de júbilo común, resulta de un mediocre y de un mezquino que pone los pelos de punta.

LA ESPAÑA REAL, LA ESPAÑA IMAGINARIA

Porque, en mi opinión, es exactamente al revés. La realidad, la España real, es la que vimos durante esos dos días. Un montón de millones de personas determinadas a la felicidad y que, en cuanto llega una oportunidad brillante, como ha sido el Mundial, salen a la calle a abrazarse, a gritar con toda alegría el nombre de España y a agitar la bandera de todos. Con toda naturalidad, porque la realidad es que a todos, o a una mayoría inmensa, nos une, nos reúne, nos convoca y nos hermana el nombre y el símbolo de nuestro país; del país de todos, seamos del rincón que seamos. Y lo que hoy, pasados los días del milagro, vemos y hemos visto ya es la España imaginaria: la de unos políticos que, salvo contadísimas excepciones, no están ni por lo más remoto a la altura de su pueblo.

Nunca creí que vería, tan sólo dos días después (si somos precisos, no llegó a uno y medio) de una lección tan contundente como la de los millones de personas en la calle para celebrar la felicidad común, cómo esa gente vuelve a lo suyo (que no a lo nuestro) de una manera tan obscena. El debate sobre el estado de la Nación convocó ante los televisores a un 3% de la audiencia. La final del Mundial y su celebración posterior , a un 90% y a un 77%, respectivamente. Pues les da lo mismo. Fue un espectáculo de una ruindad sencillamente escandalosa. Sé que no se debe juzgar a todos los políticos por el mismo rasero, porque no hay tal rasero uniforme y repetir que lo hay es, precisamente, la treta de los antisistema, de los que quieren acabar con la democracia para hacerse, ellos solos, con el poder.

Pero uno tenía la sensación de que todos, en el Congreso, estaban de acuerdo en algo: lograr que los ciudadanos olvidásemos lo antes posible la inolvidable euforia común para que volviésemos a mirarles a ellos, nada más que a ellos, como si fueran sinceros, como si lo que dicen y hacen tuviese importancia o fuese verdad; como si la gallera indigna en que se convirtió la Cámara durante el debate representase la realidad, aquello en lo que hay que creer. Y eso, en mi humilde e indignadísima opinión, no es así de ninguna manera.

Vi a un Gobierno desnortado, sonado como Kid Tarao, aguantando el chaparrón de la crisis y dispuesto a pactar con el mismo diablo para sacar adelante sus escasas ideas. Vi a una oposición mayoritaria –me refiero, claro está, al Partido Popular– entregada al más cínico e indecente ejercicio de demagogia que ha visto nuestro Parlamento desde Alejandro Lerroux. Rajoy no puso sobre la mesa ni una sola idea, pero es que ni una sola, que pudiese parecer que servía para el bien común. Ni una. Dejó meridianamente claro, al menos para mí, que le importan un puñetero carajo España y los españoles: lo único que este hombre quiere es el poder, como sea y al precio que sea, para él y para los suyos, y para alcanzarlo no duda en mentir, en insultar miserablemente al presidente del Gobierno (no a los socialistas: sólo a Zapatero, según la bien conocida estrategia), en azuzar a las fieras que hay en su Grupo Parlamentario para que chillen como grajos, para que lancen improperios y amenazas que uno sólo imaginaba en una reyerta de quinquis callejeros. En resumen: para demostrar que toman por imbéciles a los españoles, a quienes faltan intolerablemente al respeto comportándose de modo tan desierto de vergüenza.

Cuando yo era un adolescente, recién recuperada la democracia, había un señor que figuraba en las listas de un partido conservador (la UCD) que se dirigió siempre a los demás, tanto en los mítines como desde la tribuna de oradores, llamándoles "conciudadanos". Se llamaba Justino de Azcárate. El otro día he oído a un diputado del PP berrearle  (perdonen ustedes pero no tiene otro nombre) al presidente del Gobierno: "Zapatero, ¡estás muertoooo!". Este completo gilipollas, cuyo nombre no diré aunque ganas no me faltan, no sólo es prueba evidente del error que cometieron sus padres gastándose dinero en mandarle al colegio y no a sacar piedras del río, sino que es uno más entre muchos de la patulea de impresentables que, a día de hoy, pueblan el Congreso. Hay que decir que en todos los grupos, aunque es indiscutible que en uno mucho más que en los demás. Y esa es la gente a la que hemos votado. Esa es la gente que representa la soberanía nacional. A esa gente pagamos todos muy generosamente para que sea nuestra voz democrática. Esa gandalla sin educación ni principios son los que llamamos Padres de la Patria.

Lo de los representantes de los partidos nacionalistas fue igual o peor. Ahí sí que no había ninguna duda: cómo les interesaba, y cuánto, que los ciudadanos olvidásemos lo antes posible el estallido de felicidad común del fin de semana anterior y volviésemos a encandilarnos con sus birlibirloques de ilusionista callejero. Qué pronto olvidaron los nacionalistas catalanes que a su histórica manifestación en defensa del nuevo Estatuto de Autonomía acudió un máximo de 64.000 personas, mientras que quienes corrieron a presenciar en la calle, en las pantallas gigantes de Barcelona, el partido de la final del Mundial, todos con sus banderas de España y sus camisetas rojas, fueron casi el doble.

¿Cuál es la España real y cuál la imaginaria? ¿Qué tiene que pasar para que los representantes políticos de nuestro país aprendan una lección tan absolutamente clara como la que impartieron millones de personas en las calles de toda España? ¿A quién representan de verdad los diputados… además de al jefe de su partido, que es quien los impone en unas listas electorales que nadie puede tocar? ¿Cómo puede ser que la inmensa mayoría de los ciudadanos de nuestra nación muestre con toda contundencia su sentimiento de comunidad y apenas unos cientos de personas, legítimamente elegidas –eso sí– en sus respectivas Cámaras, parezcan seguir trabajando tan sólo y nada más que por lo que les interesa a ellos, tanto en lo político como en lo económico? ¿Qué tiene que ver lo que se contempló en las calles de España durante dos maravillosos días con lo que, nada más que veintiséis horas después, vimos en el Congreso de los Diputados?

¿Cómo podemos dejar que nos tomen el pelo de una manera tan zafia?

EL COLOR DE LA CAMISETA

Perlas de la España de charanga y pandereta: el señor Puigcercós, de ERC, quizá un tanto mohíno por el triunfo de la selección nacional de un país que él trata de desmembrar, dijo que tal selección, sin Cataluña, no valía nada. Quizá debió añadir: sin los jugadores catalanes, sin los albaceteños que juegan en Cataluña, sin los asturianos que hacen lo mismo, si los del Liverpool o el Arsenal, sin los canarios, andaluces o madrileños. El señor Puigcercós, con esos enfurruñados argumentos de patio de colegio (enseñanza primaria), demuestra bastante menos altura moral que el mismísimo seleccionador holandés, aquel hijo de su madre que lanzó a los suyos a dar terribles patadas a los españoles porque sabía que era la única manera de intentar ganarles; pero que, al final, reconoció que había vencido el mejor.

En Baracaldo, los tiernos y angelicales muchachitos de la mafia vasca, más demócratas que nadie como todo el mundo sabe, destrozaron el mecanismo que permitía la iluminación del frontón en el que miles de vascos, todos con la bandera constitucional española y con la camiseta roja, se disponían a ver y disfrutar el partido de la final. Naturalmente, vitoreando a España. Pues fundieron la luz. Cualquier cosa antes que soportar espectáculo tan fascista.

Y, desotra parte en la ribera política, han aparecido –esto sí que creí que nunca más lo vería– unos cuantos cuuuursis, pero más cuuuursis que un repollo con lazos, más cuuuursis que el vestido de novia de Belén Esteban, a quienes ha sentado muy mal que, a la selección nacional de fútbol, la gente le llame La Roja. Estos cuatro o cinco cuuuursis se han puesto nerviosísimos allá en donde escriben, o sea en el puesto que tienen allí, y han dicho que eso no, que hay que cambiarlo, que Roja de ninguna manera, que ya se sabe lo que quiere decir eso de Roja.

Y que mejor Rojigualda.

Con un par. Ustedes perdonen pero yo no he visto nada más cuuuursi desde que otros cuuuursis como ellos, hace sesenta o setenta años, se empeñaron en cambiarle el título a un famoso cuento infantil y obligaban a los editores a titular los libros con el inolvidable “Caperucita Encarnada”, porque roja… ¡huy, lo de roja! Aquellos mismos cuuuursis, antecesores directos de estos cuuuursis de hoy, obligaban a los restaurantes a ofrecer a los clientes ensaladilla nacional. No rusa, claro, ¡eso no se podía consentir! ¡Los rusos eran comunistas, enemigos de España! ¡Cómo nos íbamos a comer una ensaladilla comunista! ¡A ver si se nos iban a atragantar los guisantes enemigos de España!

La ensaladilla era la misma. Caperucita, también. Lo mismo pasa con el color de la camiseta de la selección nacional. Y, a la vista está, otro tanto sucede con la cursilería, que se transmite de generación en generación, intacta e incorrupta como el brazo de Santa Teresa, desde los meapilas del franquismo hasta los cursigualdas de hoy, que siguen, “arma al brazo y en lo alto las estrellas”, pendientes de que en El Alcázar no haya novedad, de que El Alcázar no se rinda. En fin, tiene que haber de todo, ¿verdad?

Menos mal que a muchos millones de españoles aún nos queda el resplandor en el alma por aquellos dos días en que pudimos gritar el nombre de nuestro país común, limpio, sencillo, sonriente, apasionado y acogedor; aquellos dos días en que agitamos como locos la bandera que nos representa a todos; aquellos dos maravillosos días en que, enfundados en la camiseta roja, pusimos en su puñetero sitio a los políticos mediocres, agachadizos, trileros y/o agurtelados, escoja cada cual el calificativo que prefiera; a los desmochadores de una España irreal, porque los muy ciegos la imaginan mentecata, corta, acochinada en tablas, fácilmente desguazable y sólo buena para ser ordeñada desde el campanario de la aldea... Y, claro está, a los cuuuursis meapilílicos y Alcazareros a quienes, ¡setenta años después!, sigue produciendo incontinencia intestinal el color de una camiseta.

Para todos ellos, la frase más repetida en aquel deslumbrante fin de semana: Viva España. La de todos. La real. La que nos ha hecho felices esta vez, y volverá a conseguirlo. Y no sólo por el fútbol.